Cada generación cuenta con figuras desencajadas que no siempre caben del todo dentro del canon literario del momento. Estos, en algunas ocasiones, dejan una huella profunda en las letras por romper con los moldes donde la mayoría de los escritores se identifican y se colocan. La contracultura y las letras es un tema, hasta ahora, poco abordado por los especialistas. Por lo general, los inquietos en estos temas deben recurrir a libros como
La Contracultura en México, de José Agustín o revistas desaparecidas como
Moho y
Generación, entre algunas más. Es decir: está prácticamente en desconocimiento esa otra cara de la literatura mexicana.
En Guadalajara, el panorama está en mayor desventaja, pues, aunque ha contado con algunos exponentes de esa otra literatura, aún adolece la falta de interés y empatía por parte de la crítica literaria. Son casi inexistentes los interesados en historiar el otro lado de la moneda, es decir: los marginales, los periféricos, los apestados. Algunas figuras que decidieron conducir por el lado “equivocado” del camino, desde Jalisco, hallamos a Juan Martínez, mítico poeta que, entre las décadas de los setenta y ochenta, vivió en las cuevas de Playas en Tijuana y quien solía escribir poemas sobre las servilletas del café Nelson y, además, para sobrevivir: lavaba coches en el centro de la ciudad. Además de Martínez, Guadalajara ha contado con otras figuras periféricas como Enrique Macías, Raúl Ramírez García, Cayo, Lalo Quimixto, Sergio Fong y Gustavo Adolfo “Pato” Hernández-Merino. Autores que, constantemente, nadan a contracorriente.

Marco Antonio Gabriel (Guadalajara, 1977) también pertenece a esa camada de escritores desencantados. Es parte del club de los escritores (y editores) que han sacrificado algunas comodidades triviales con tal de alcanzar algo tal vez inalcanzable. Son, pues, los perseguidores de lo inasible. Son aquellos escritores y artistas que siguen la idea de que la contracultura no aspira a cambiar el mundo ni convencer a los demás, sino a señalar lo que los demás no pueden (o quieren) mirar.

Marco Antonio, desde sus más tempranos pasos dentro del medio literario de la ciudad, durante la preparatoria y, posteriormente, en la carrera de Letras Hispánicas fue parte medular de un conjunto de inquietos escritores jóvenes que hicieron de las suyas en el medio local a inicios de los dos mil a través de la revista marginal (hoy olvidada) Espejo humeante: preámbulo de sus proyectos posteriores: Prisma volante y Ediciones El viaje. Recordemos que Marco Antonio es un one man band. Es decir: él le hace de todo cuando se trata de sus proyectos: edita, imprime, corrige, diseña, lleva, trae, vende, visita encuentros y ferias de libros, etc.

Ediciones El viaje es tal vez la propuesta editorial más alternativa con la que cuenta Guadalajara en la actualidad, después de la desaparición de otras como Ultra-Violeta y Arlequín (dato aclaratorio: en su etapa arrabalera a mediados de los noventa). El viaje, a lo largo de 20 años de existencia, ha llegado a materializar las ideas estéticas que, con anterioridad, Espejo humeante y Prisma volante se propusieron alcanzar. Es decir: publicar escritores que navegan (o navegaron) por la periferia de la literatura. De esta manera, Marco Antonio Gabriel ha dado a conocer libros, dentro de Ediciones El viaje, de autores como Parménides García Saldaña, Orlando Guillen, Sergio Fong, Ángel Ortuño, Pedro Goche, Fanny Enrigue, entre otros.
Prisma volante, por su parte, en la actualidad, es una de las contadas publicaciones periódicas que hoy en día circulan en Guadalajara. Es un proyecto que se resiste morir. Desde sus inicios, se ha arriesgado a publicar aquellos creadores que, en muchas ocasiones, no encuentran el espacio idóneo para dar a conocer sus escritos. Desde su resurgimiento, en enero de 2024, Prisma volante atiende ese otro sector de poetas que no suelen presentarse en los salones de la FIL o en las salas oficiales del gobierno. Más bien le da voz a los refugiados que acostumbran a leer en sitios variopintos como cafés pequeños y oscuros y en centros culturales independientes de la ciudad. Los reconocimientos y los títulos nobiliarios no están dentro su radar. Estos autores más bien optan por mantenerse al margen y, silenciosamente, cultivar y compartir la palabra.

En esta segunda época, Prisma volante, pues, le ha dado cabida a escritores que, en su mayoría, forman parte, de alguna manera, del circuito subterráneo de la ciudad y participan, habitualmente en eventos como On the road, ciclo de lecturas organizado en diferentes espacios, desde hace varios años, por Marco Antonio. Prisma volante, en tantas palabras, viene a ser una especie de ventana a esta otra poesía cultivada localmente, las contrapoéticas, y las propuestas arriesgadas son parte del abanico de escritos que contiene.
En las páginas de Prima volante (segunda apoca), para ejemplificar algunas de las poéticas alternativas por las que ha apostado esta revista encontramos el trabajo de Daniel Villaseca, Ivanhoe García, Víctor César Villalobos, Cristina Meza, Sergio Fong, Ángel Ortuño, Ruth Escamilla, Ramiro Lomelí, Octavio García Pérez, Lizzie Castro, Melissa Niño y Nicté Escalante, entre varios más.
También vale destacar que, en la actualidad, la cantidad de publicaciones periódicas que circulan en la ciudad (y más allá) son prácticamente nulas. El viaje del Prisma volante es, como ya mencioné, casi solitario, sólo la acompañan otras revistas como Papalotzi, desde Chapala; Instantes Modernos, en Guadalajara; Brevaria, desde Autlán; Humus, desde Cajititlán, y Hojasanta, desde Lagos de Moreno, dentro del naufragio hemerográfico de Jalisco.
Para concluir, la importancia del trabajo que Marco Antonio Gabriel viene realizando para la literatura jalisciense radica no sólo en apostar por las voces callejeras y periféricas sin cerrarse a otras propuestas apegadas al canon, sino mantenerse vigente después de más de 20 años en el mundillo literario. Ediciones El viaje y Prisma volante son los dos proyectos que mejor sintetizan la personalidad y la esencia de Marco Antonio: un perseguidor infatigable de los inasible.
Pedro Valderrama Villanueva
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