Entre los autores jaliscienses del pasado que aún esperan una revisión crítica de su obra destaca Antonio Domínguez Ocampo (1927–2018), narrador, historiador y cronista de su pueblo natal, San Juanito de Escobedo, Jalisco.
Domínguez Ocampo pertenece, por cronología, a la generación de escritores jaliscienses que comenzó a publicar en la década de 1950; sin embargo, su incursión editorial fue tardía. Su ópera prima apareció con Cuentos campiranos (1971) y, poco después, publicó su primera novela, ¡…Y se fueron! (1974). Como suele suceder en estos casos, los compromisos laborales lo mantuvieron durante años alejado de la posibilidad de publicar con regularidad. No obstante, a partir de ese momento su obra comenzó a desarrollarse de manera sostenida a través de títulos como El rumor del viento (1975), El viejo Clemente (1978), Totuz (1979), Nada (1980), El canto de los búhos (1982), Aquella noche del 27 (1983), Después de un sueño (1985), Recuerdos (1986) y Trágica obsesión (1992).
Antonio Domínguez Ocampo constituye un caso peculiar dentro de las letras jaliscienses. Difícilmente le interesó relacionarse con las figuras centrales de la vida literaria de la capital del estado, como Arturo Rivas Sainz, Adalberto Navarro Sánchez, Ernesto Flores o Elías Nandino. La mayoría de sus libros fueron ediciones de autor y su nombre no aparece en las revistas culturales del periodo, como Et Caetera o Summa, ni en el suplemento cultural de El Informador. Pese a ello, su vocación por la lectura y la escritura lo acompañó desde temprana edad y a lo largo de su longeva vida.
Su afición por las letras se gestó desde la infancia, alentada por la influencia de su padre. A los quince años dejó su pueblo natal y se trasladó a la ciudad de Guadalajara, donde trabajó como aprendiz de carpintero. Poco después, gracias a su habilidad para el dibujo, ingresó a un taller dedicado a la elaboración de títulos y otros documentos.
La inquietud por las manifestaciones artísticas, sin embargo, nunca lo abandonó. Sus primeras incursiones en la escritura se concretaron en la elaboración de un par de monografías dedicadas a los municipios de Acatlán de Juárez y Acatic.
Tras la publicación de sus dos primeros opúsculos, le siguieron numerosas novelas y volúmenes de relatos, entre los que destaca El canto de los búhos (1982), obra en la que recoge diversas historias de su juventud, así como tradiciones populares de su entrañable terruño.
No obstante, quizá los libros con los que mejor lo recuerdan sus lectores sean aquellos dedicados a su querido San Juanito de Escobedo: Historia de mi pueblo (1981) y Ensayo biográfico de D. Antonio Escovedo, jalisciense probo (1987). Mientras el primero fue reeditado al menos en dos ocasiones, el segundo contó con el respaldo editorial del Gobierno del Estado.
A partir de la década de 1980, Antonio Domínguez Ocampo comenzó a recibir algunos reconocimientos. Sus libros fueron reseñados en periódicos de Guadalajara como El Informador, El Occidental y El Jalisciense, y fue incorporado a la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco.
La lectura y la escritura nunca dejaron de acompañarlo. Incluso en edad avanzada, y a pesar de diversos malestares físicos, se mantuvo fiel a la literatura. Una de sus últimas novelas fue El manuscrito (2005), obra de temática campirana que se desarrolla a partir del hallazgo de un diario en una casa del campo, donde se relatan las vivencias y los sinsabores del protagonista de estas páginas. Posteriormente, Domínguez Ocampo dio a conocer algunas compilaciones que reúnen poemas, dibujos y recuerdos, publicadas algunos años antes de su fallecimiento.
Sirva esta brevísima revisión de la trayectoria de Antonio Domínguez Ocampo como un recordatorio de la necesidad de volver la mirada hacia los autores del pasado relegados al olvido y de rescatar la riqueza de una obra que aún tiene mucho que decirnos.
Pedro Valderrama Villanueva




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