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Trabajos pendientes para reconocer las aportaciones de Ernesto Flores como investigador


Pedro Valderrama Villanueva 

Pocas figuras dentro de la literatura de Jalisco han logrado lo que Ernesto Flores (1929-2014) realizó a lo largo de los últimos 50 años de su vida como investigador. Dentro de este selecto grupo de intelectuales debe mencionarse por supuesto a Arturo Rivas Sainz y Adalberto Navarro Sánchez; juntos los tres escritores son los investigadores y editores más activos desde la década de 1940, y que además no vieron hacia la capital del país para desarrollar su talento literario (como sí fue el caso de otros como Agustín Yáñez, Elías Nandino, José Luis Martínez, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Antonio Alatorre y Emmanuel Carballo), sino optaron por permanecer en Guadalajara y sobrellevar las mieles y amarguras que ofrece el medio cultural de esta ciudad.

Cuando se organiza un homenaje, como el que nos reúne es esta ocasión, se tiende a utilizar palabras grandilocuentes y una excesiva adjetivación que, por lo general, resulta más que predecible. El presente evento debe ser ante todo una oportunidad para repasar objetivamente el trabajo del homenajeado y focalizar en los puntos y las tareas pendientes que deberán atenderse prontamente para no dejar que el nombre de Ernesto Flores sea sólo un grato recuerdo y un nombre más en la historia de las letras locales, sino una figura que futuras generaciones conozcan y tomen como ejemplo su labor como académico.      


Recordemos que durante varias décadas Ernesto Flores se desempeñó como maestro e investigador de la Universidad de Guadalajara. Ya fuera en la Escuela Vocacional, como profesor de bachillerato, en la Facultad de Filosofía y Letras, e investigador titular del Departamento de Estudios Literarios (DEL). Sin embargo, su trabajo como investigador, curiosamente, no lo desarrolló mientras estuvo adscrito a este departamento bautizado originalmente como el Centro de Estudios Literarios a mediados de los ochenta, sino al margen de éste. Recordemos que la investigación realizada ahí difícilmente se acopló al trabajo que Flores realizó desde mucho antes de la apertura de éste; pues lo producido en el DEL muy poco ha hecho para aportar al conocimiento y difusión de las letras regionales. Si nos asomamos detenidamente a la bibliografía producida ahí (salvo algunos casos muy contados). El mismo Flores, alguna vez me comunicó, que los estudios que ahí se llevaban a cabo muy poco abonaban al conocimiento de las letras de la región, tema que a él le apasionó a lo largo de buena parte de su vida. 


Revisemos, pues, a vuelo de pájaro, algunos trabajos realizados por Ernesto Flores. Su primer trabajo como investigador de largo aliento es el ensayo dedicado a la novela Where´s Annie? (1974), de la narradora norteamericana Eileen Bassing, titulado “México en Eileen Bassing”, donde se narran las vidas de un grupo de estadounidenses anclados en el poblado de Ajijic. Otra muestra de su laborioso trabajo como investigador es el libro que prologa y compila la obra poética de Francisco González León, en 1994. Asimismo, algunos años antes, selecciona y prologa dos cuadernillos de la colección Material de Lectura, dentro de la serie Poesía Moderna, editada por la UNAM: Una carta del poliedro, de Francisco González León, número 32, en 1978; y Otro Adán expulsado, de Alfredo R. Placencia, número 54, en 1980. Otro trabajo de él es Un poeta jalisciense del siglo XIX: Manuel M. González (1995), donde Flores ofrece una breve muestra de este poeta, y una sucinta introducción sobre su vida y obra. Un libro de suma erudición y minuciosidad, es López Velarde y el demonio de la analogía (1997), donde:

[…] se precisan puntos de tangencias en la producción lopezvelardiana. Conocidas y casi siempre abandonadas antes de ser apuestas a prueba, aquí las influencias se vuelven dudosas precisamente por su multiplicidad.

Proyectadas en tal número, cualquier contundencia es una forma de hallazgo del cuerpo real entre todas las imágenes en una casa de espejos. Trabajo arduo, nos ofrece aspectos reveladores de uno de los poetas más fascinantes de Hispanoamérica. 


Otras dos compilaciones de Flores son del escritor decimonónico Antonio Zaragoza. Cuento, poesía y teatro (2004), y su obra principal: Poesía completa (2011) de Alfredo R. Placencia, cuyo prólogo por sí mismo constituye un libro, pues abarca casi 200 páginas. Este trabajo mayúsculo constituye una labor que le dedicó durante décadas. Una investigación que lo llevó a recorrer prácticamente todos los rincones del país donde estuvo el padre Placencia como párroco. Pero a pesar de su perseverancia no le fue posible visitar todo los sitios. Quedó pendiente Centroamérica; pues a pesar de su búsqueda por contar con los medios para visitar algunas ciudades en dicha país, jamás pudo consultar archivos en estos lugares, pues la Universidad de Guadalajara, según me confesó el maestro Ernesto, no contaba con los fondos para enviarlo. 

Por todo lo anteriormente expuesto, enseguida sugerimos algunas acciones que quedan en el tintero para que en el futuro investigadores (aquéllos que sientan el llamado para realizarlo) y autoridades de gobierno y de la Universidad de Guadalajara lo lleven a cabo ojalá en un futuro no muy lejano.

Las tareas pendientes para homenajearlo debidamente las enumeramos enseguida:

La recopilación completa de los textos dispersos (entre ensayos y artículos) escritos por Ernesto Flores a lo largo de varias décadas en distintas revistas, (como en Estaciones, además de aquéllas que él dirigió) y periódicos, como El Informador, entre otros. Asimismo, incluir en este volumen el estudio sobre la novela de Eileen Bassing poco conocido, además de incluir los estudios que Flores recogió en vida en dos pequeños volúmenes en años recientes y que poco circularon.


Las elaboración de un estudio y los índices correspondientes de las revistas literarias que Ernesto Flores fundó y dirigió a lo largo de su vida (Cóatl, Esfera, Universidad y La Muerte), pues éstas en conjunto nos permitirá apreciar en su justa dimensión su labor como editor (que insisto es el más importante al lado de Adalberto Navarro Sánchez) durante el siglo pasado. 

La edición de diferentes antologías que incluyan selecciones de los textos publicados en éstas por parte de los colaboradores de estas publicaciones periódicas poco conocidas hoy en día por lectores y estudiosos en la materia.

La realización de una hemerobibliografía completa de Ernesto Flores, pues aquella incluida en el Diccionario de escritores mexicanos del siglo xx (UNAM, 1994), de Aurora M. Ocampo, pues aunque es valioso requiere de una urgente actualización. 

La urgente realización de la reimpresión de la antología El cuento jalisciense, editado por el Ayuntamiento de Guadalajara en dos volúmenes en el ya lejano año de 1992, cuya trascendencia, como ya mencionamos, es incuestionable e inconseguible hoy en día por interesados en la materia.

Por último, y tal vez el pendiente más importante (no solo para homenajear a don Ernesto sino para el beneficio de las letras de Guadalajara), desde nuestro punto de vista, fundar un Centro de Estudios Bibliográficos inspirado en la labor de Ernesto Flores, pues una de las características de su trabajo como investigador es precisamente el estudio de las fuentes (que Flores conoció tan bien) para la realización de cada uno de sus libros y ensayos, ya fuera sobre Antonio Zaragoza, Ramón López Velarde, Francisco González León o Alfredo R. Placencia, entre otros más. Recordemos que Jalisco cuenta con una de las bibliografías más ricas en nuestro país, y para darnos cuenta de esto, basta con asomarnos a los pocos pero valiosos libros que se han elaborador hasta ahora que demuestran esta riqueza bibliográfica. Pues Jalisco, a pesar de contar con un Departamento de Estudios Literarios (DEL) y otros centros similares, dentro de la Universidad de Guadalajara, cuyos objetivos muchas veces obedecen otros intereses, hace falta uno que dirija sus esfuerzos en conservar, estudiar y difundir la riqueza bibliográfica de Jalisco.  


Una vez que tengamos una parte de estas propuestas concretadas, aunadas con otras que se sumen, además de la obra bibliográfica ya existente, podremos algún día decir que comprendemos las dimensiones de la obra de Ernesto Flores como investigador y editor, mientras tanto sólo contaremos con meras aproximaciones y buenos deseos.

Estamos, pues, a un año (2015) del fallecimiento de don Ernesto, y es el momento propicio para emprender los pasos necesarios para verdaderamente homenajearlo y regresarle un poco lo que él en vida le brindó a las letras mexicanas. Esperemos que este tipo de acciones, además de mantener viva la memoria del maestro, sea un punto de partida para elaborar los trabajos que permitan reconocer su trabajo.





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